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La producción de uva en la región experimentó este año un escenario favorable que permitió a los agricultores contar con dos mercados principales para comercializar su cosecha: como fruta fresca y como materia prima para las bodegas encargadas de elaborar derivados como el vino y el singani. Según el vocero de la cadena uva, vino y singani, José Luis Sánchez, los precios en ambos canales de venta fueron muy similares, lo que refleja un equilibrio entre la oferta y la demanda en estos sectores vinculados.

Este ciclo productivo tuvo particularidades que marcaron una diferencia respecto a años anteriores. Prácticamente toda la uva cosechada fue vendida rápidamente, quedando apenas un 20% aún en el campo, previsto para ser recolectado entre marzo y abril. Esta situación contrasta con prácticas previas donde algunos productores almacenaban parte del fruto en cámaras frigoríficas para prolongar su disponibilidad hasta junio o julio. Sin embargo, la fuerte demanda registrada este año hizo que esa estrategia no fuera necesaria, ya que el producto se comercializó casi en su totalidad durante la temporada inmediata a la cosecha.

El inicio formal de la vendimia se estableció desde diciembre para muchos productores, aunque tradicionalmente esta etapa se extendía hasta abril o incluso mayo. La anticipación en la recolección responde a un mercado dinámico y a una creciente necesidad de abastecimiento tanto para consumo directo como para procesos industriales en las bodegas. La celebración tradicional vinculada a esta actividad agrícola está programada para mediados de marzo, específicamente los días 13 y 14, donde se espera reunir a los productores de uva junto con quienes elaboran sus derivados; un evento que además cuenta con normativas específicas y recursos asignados para su realización.

Comparando con el año anterior, cuando a finales de febrero ya había uva disponible pero la oferta era escasa hacia marzo y durante la fiesta de vendimia solo unos pocos productores ofrecían cantidades limitadas a precios elevados debido a la escasez, este ciclo mostró una mejora significativa en términos de volumen y estabilidad de precios. Actualmente, el kilo de uva se cotiza entre 10 y 12 bolivianos en mercados como Santa Cruz, mientras que una caja alcanza valores entre 160 y 180 bolivianos. Estas cifras resultan rentables para los agricultores; sin embargo, quienes posponen su cosecha deben enfrentar mayores costos relacionados con tratamientos fitosanitarios continuos para prevenir daños por hongos y humedad.

Desde una perspectiva económica más amplia, la cadena productiva de uva, vino y singani contribuye al Estado con más de 60 millones de bolivianos únicamente en impuestos ligados a la materia prima. Además, los derivados generan ingresos fiscales aún mayores, lo que subraya la importancia estratégica del sector dentro del panorama agroindustrial regional. Este contexto impulsa una mirada hacia el futuro orientada a ampliar las áreas cultivadas; según Sánchez, es necesario incrementar anualmente entre 100 y 200 hectáreas para asegurar el abastecimiento tanto local como nacional y evitar situaciones donde eventos emblemáticos como la fiesta de la vendimia carezcan del insumo principal.

Un factor clave que aumentó la demanda fue el crecimiento en la necesidad de materia prima por parte de las bodegas que elaboran vinos y singani. La similitud en precios ha llevado a que los productores ya no diferencien si venden directamente como fruta o destinan su producto a las industrias transformadoras. No obstante, existen diferencias operativas: mientras la venta directa como fruta requiere mayor cuidado selectivo y mano de obra especializada debido al manejo delicado del producto, las bodegas suelen adquirir cajas completas al ras sin selección adicional. Además, en las ventas directas se aplican modalidades como el “morreo”, un costo extra para el comprador que no se presenta cuando se vende al por mayor a las plantas industriales.

En un análisis más amplio sobre el sector vitivinícola regional, Sánchez señaló que este momento representa una oportunidad crucial para recuperar e impulsar esta actividad emblemática. Sin embargo, lamentó percepciones negativas expresadas por ciertos actores políticos locales que califican al turismo vinculado al alcohol bajo términos despectivos como “turismo del alcohol”. Los productores defienden que Tarija no debería ser vista simplemente como un destino dedicado al consumo indiscriminado sino como un espacio cultural donde se valoran bebidas tradicionales con identidad propia.

Finalmente, es importante destacar que dentro del consumo regional prevalecen otras bebidas alcohólicas por encima del vino o singani. La cerveza lidera el mercado seguida por productos como ron y fernet; estos primeros incluso enfrentan problemas relacionados con el contrabando. En este contexto, los vitivinicultores insisten en que su labor no fomenta conductas nocivas ni promueve el alcoholismo sino que buscan posicionar sus productos dentro de una cultura responsable y sostenible ligada a tradiciones ancestrales y al desarrollo económico local

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