La película Hamnet, basada en la novela homónima de Maggie O’Farrell, aborda una de las experiencias más profundas y universales que ofrece el cine y otras artes narrativas: la capacidad de vivir vicariamente la vida de otros. Esta obra se adentra en el recuerdo y la memoria, explorando cómo ciertos acontecimientos personales pueden explicar y dar sentido a grandes creaciones artísticas, en este caso, la relación entre la pérdida de un hijo y la concepción de una obra literaria fundamental.
La reflexión inicial sobre un cuento de Borges sirve como contrapunto para entender la propuesta de Hamnet. En ese relato, un académico recibe como don mágico la memoria completa de Shakespeare, con la esperanza de superar a todos los especialistas en su obra. Sin embargo, esa memoria no le otorga ninguna ventaja real ni le permite transformar su propia escritura. Borges plantea que la memoria del autor no es sinónimo directo de comprensión o dominio creativo: está compuesta por fragmentos personales, lecturas limitadas y estrategias que requieren talento e imaginación para ser aplicadas. Así, ese regalo resulta más una carga que una herramienta liberadora.
En contraste, Maggie O’Farrell propone una tesis distinta y profundamente emotiva: el recuerdo trágico y específico de la muerte del hijo de Shakespeare, Hamnet, es el germen que explica su obra maestra Hamlet. Este enfoque pone en primer plano cómo el dolor íntimo puede alimentar la creación artística. La película y el libro buscan capturar ese vínculo entre vida personal y producción literaria, un registro que el académico del cuento borgiano buscaba sin éxito.
Aunque esta idea no es enteramente nueva en el extenso universo shakesperiano —como bien sabía Borges—, lo realmente innovador en la obra de O’Farrell reside en su estilo narrativo excepcionalmente poético y preciso, además de su creación original del personaje de Anne Hathaway. Lejos de ser una figura histórica distante o meramente anecdótica, esta Anne es representada como una presencia casi mítica, una especie de ninfa del bosque con poderes ancestrales todavía perceptibles. Esta caracterización aporta una dimensión mágica y simbólica al relato que amplía el impacto emocional y temático del filme.
La transición del libro al guion cinematográfico implica inevitablemente una adaptación estilística. La sutileza literaria se transforma en imágenes más explícitas; los matices se vuelven más evidentes para comunicar directamente al espectador las emociones profundas que subyacen a la historia. Este cambio no debe verse como un defecto sino como parte natural del lenguaje propio del cine. Evaluar Hamnet requiere entonces considerar su autonomía como obra audiovisual sin compararla estrictamente con el texto original.
El resultado es un melodrama poderoso que conmueve intensamente al público. La dirección elegante pero emotiva de Chloé Zhao logra despertar un sentimiento genuino y colectivo en las salas donde se proyecta. El llanto compartido demuestra cómo este relato sobre el dolor adulto ante la desgracia infantil trasciende las barreras culturales o intelectuales para tocar aspectos universales de nuestra vulnerabilidad humana. En última instancia, Hamnet confirma que el arte cumple esa función esencial: permitirnos expresar y sanar nuestras emociones más profundas mediante la empatía con vidas ajenas.
Rechazar categóricamente lo melodramático implicaría negar esta dimensión elemental del arte y la experiencia humana. La película consigue precisamente eso: ofrecer al espectador un regalo mágico similar al que Borges imaginaba para su personaje, pero esta vez encarnado en la memoria vivida y sentida de Anne Hathaway. Interpretada magistralmente por Jessie Buckley, esta figura nos invita a compartir sus recuerdos más íntimos y a comprender cómo el amor, el dolor y la pérdida pueden dar forma a creaciones eternas.
En suma, Hamnet representa una poderosa evocación tanto literaria como cinematográfica sobre los vínculos entre memoria personal y obra artística. Es una invitación a experimentar indirectamente vidas ajenas para entender mejor nuestra propia fragilidad pasajera y encontrar consuelo en las emociones compartidas a través del arte. Así se reafirma uno de los fenómenos más valiosos del cine: su capacidad para hacer tangible lo invisible e intransferible mediante una empatía profunda e inmediata con otras existencias humanas

